Una cuarentena de odio

cuarentena de odio

La primera vez que fui consciente de cuánto había por deshacer fue hace unos años. Pero si yo te ayudo en las tareas de casa, le dije mientras acababa de fregar los platos en nuestro apartamento de pareja joven, moderna, sin hijos, todo despreocupación y futuros halagüeños, ni un mal virus en el horizonte.

En mi descargo, diré que nadie me tuvo que poner delante lo que en realidad significaban mis palabras. El machista que habita en mi interior seguía tan pancho porque, bueno, fregaba, planchaba y hacía de comer pero las cosas de la casa seguían siendo tareas propias de mujeres.

Otro momento clave en mi historia personal de deconstrucción fue a muchos kilómetros de aquí. Hasta había un océano de por medio. Un grupo de personas comprometidas con un buen puñado de valores irrenunciables, asistíamos a una serie de charlas para ir entendiendo el contexto en el que nos moveríamos durante un mes. Todas las charlas estupendas pero los mejores halagos se los llevó el encuentro con una asociación de mujeres. Qué bien hablan, qué claridad, qué fuerza en el mensaje y los gestos, qué listas. Mujeres y, a la sazón, mayas.

Había machismo y había racismo en todos y cada uno de los piropos que dirigimos a las mujeres que nos habían hablado porque había mucha sorpresa en que mujeres mayas hablaran tan bien.

El machismo y el racismo, por indulgentes que sean, merecen ser borrados sin piedad de nuestro interior. Aunque la tarea nos lleve toda una vida. Que es probablemente lo que me lleve a mí.

Porque, encima, esto del encerramiento no está ayudando a que lo terrible que habita en mí deje de molestar. Más bien al contrario.

curentena de odio

Como no tengo balcón, no podré ser nunca un policía de balcón pero eso no me ahorra enfurecerme cada vez que veo algo que no me cuadra. Es una rabia molesta, que no quiero y no me ayuda para nada. No digo que no tenga motivos para enfadarme. Ni que mi rabia no pueda exponer argumentos científicos para justificarse. Pero no tengo claro que sea mi papel andar juzgando por qué, por ejemplo, esa pareja pasea con su hija cuando solo podría ir un padre o madre.

El machismo, el racismo, la aporofobia, la homofobia, el fascismo, todos esos males que pensamos que son cosa del resto pero que quizás también sean cosa nuestra, tienen como uno de sus mecanismo lo que podríamos llamar el ojo vago. Ojo vago en el sentido figurado del término.

En el paseo que me di ayer con mi hijo menor de 12 años, nos cruzamos con muchas personas que cumplían escrupulosamente las indicaciones que hemos recibido. Unos escrúpulos como los nuestros. Es más, no nos cruzamos con otro montón de gente que estaría en casa, protegiéndose y protegiéndonos. Pero a mí los ojos se me fueron hacia aquellas personas que se creen más listas que el resto y que charlan despreocupadamente, sin mascarillas, dejando que sus hijos e hijas interaccionen unas con otro, así, al montón.

Mi ojo vago, ese que solo quiere ver lo malo (e incluso en este contexto de pandemia lo malo no deja de tener su porcentaje de subjetividad), desvirtuó mi percepción de la realidad poniendo todo el peso del paseo en aquello que me molestaba.

Y ese enfado prende una mecha que da lugar a un fuego que nada bueno puede quemar. Porque no me enfado contra los poderosos. Me enfado contra personas como yo, con unas circunstancias que no conozco y que podrían ser determinantes. Me enfado y empiezo a alterar la realidad que me rodea para que coincida con el enfado. Para que el enfado se agrande y lo acabe ocupando todo. Para que lo que fueron ojos vagos acaben siendo ojos ciegos.

la ceguera del odio

No es que haya que renunciar al coraje ciudadano. No es que no haya que enfrentar al que no hace lo correcto. Me sigo hinchando como un pavo real cuando recuerdo las veces que he tenido el valor de enfrentar actitudes deleznables en público. Aquella vez que le canté las cuarenta al racista que compraba tomates al lado mío en el mercado, cuando le paré los pies a la clasista que intentaba humillar a la trabajadora de El Corte Inglés, cuando conseguí tomar la palabra en una mesa redonda para reñir a una concejala que banalizaba las circunstancias de una persona que vivía en una chabola… Me siento lo suficientemente orgulloso de esos momentos como para meterlos aquí en medio y alargar este texto de forma innecesaria.

Lo que pasa es que el momento es propicio para buscar puntos de encuentro y dejar de propagar el odio. Es momento para que nuestros ojos dejen la pereza y trabajen intentando mirar cuanta más realidad mejor. No quiero acabar como esas personas que se pasan el día despreciando a los demás. No quiero esa muerte en vida para mí. No quiero ver cómo el miedo al virus rehace cosas que llevo años desmontando.

Sirva esto pues como una confesión del mal camino por el que he notado que empiezo a transitar. Unas palabras con las que poner en cuarentena muchas de las cosas que he pensado estos días y muchos de los impulsos que he tenido. A ver si así no acabo denunciando a alguien a la policía o montando una escena en mitad de un paseo o perdiendo las formas con el vecindario porque, ay, no será por falta de ganas.


Imágenes: caballos con anteojeras dibujados por Jean Bernard.

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