Pandemia y aporofobia, suma y sigue en la desinformación

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Todo es peor en la pandemia, y así, la aporofobia, el desprecio a las personas pobres también se ha complicado en tiempos de coronavirus.

El mismo año en que el diccionario Oxford elegía palabra del año a fake news, aquí, la Fundeu elegía la palabra aporofobia. Puede parecer que cada término va por su lado pero hay una relación más que directa entre los conceptos relacionados con desinformación y los relacionados con los discursos (y acciones) de odio.

La desinformación que favorece la aporofobia

Las fake news son una pieza fundamental de los procesos de desinformación. Procesos en los que se manipulan la información y las noticias para inducir en la opinión pública ciertos estados de ánimos, ciertas predisposiciones que faciliten el avance de determinadas opciones políticas.

Estas opciones políticas se nutren, en mayor o menor medida, de los discursos de odio y en eso consiste la aporofobia: en el desprecio y odio a la persona pobre. El término es un neologismo inventado por Adela Cortina desde el griego para, en pocas palabras, evidenciar que no se desprecie al jeque árabe que viene a comprar equipos de fútbol tanto como al trabajador árabe que viene a ganarse la vida.

Los odios no guardan cola y gustan de amontonarse. Por lo tanto, el que haya aporofobia no quiere decir que no pueda haber xenofobia. Así, al jeque árabe también se le puede mirar por encima del hombro aunque, bueno, se le hagan falsas reverencias porque el dinero siempre ha levantado respeto y admiración.

Pandemia democrática

Uno de los efectos de la pandemia es que ha marcado un antes y un después en prácticamente cualquier aspecto de nuestras vidas. Por supuesto, también en lo que se refiere a la desinformación y los discursos de odio. 

Las primeras semanas de marzo, en ese estado de shock global en el que por un momento pareció que buscábamos el consuelo de cierta hermandad interplanetaria, ay, repetimos mucho aquello de que el virus no entendía de clases sociales. Parecía infectar y matar de forma democrática, sin miramientos de ningún tipo.

De alguna manera encontrábamos cierto consuelo, al menos teórico, al afirmar que esta desgracia nos afectaba a todas las personas por igual. Como si ya estuviera bien de que las desgracias golpearan siempre más y peor a los mismos y recibiéramos con suspiros de alivio resignado un mal que repartía sin jerarquías.

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La pobreza que todo lo complica

Pero la idea fue cuestionada bien pronto. En mayo de 2020, algunos medios de comunicación empezaron a informar sobre ciertos patrones que el virus mostraba que contradecían la idea de este contagio por igual. The Guardian informó de que las personas BAME estaban sobrerrepresentadas en un 27% en la cantidad de muertes por Covid-19. (BAME son las siglas en inglés de negros, asiáticos y minorías étnicas: Black, Asian, and minority ethnic). 

El titular, así, sin más, podía llevar a la confusión y a la lectura interesada, como suele pasar cuando se señalan cuestiones étnicas. Había que meterse en la información para llegar a algunas cuestiones que marcaban la diferencia. 

La primera de las causas que podía explicar esta diferencia era la pobreza. Los porcentajes de pobreza entre muchas personas BAME son elevados y la pobreza es la causa de ciertas patologías que, sumadas la Covid-19, provocaban ese mayor índice de infección y muerte. Esa mayor pobreza está entrelazada con desigualdades en la salud y el acceso a recursos sanitarios. Esto es, no se corre más riesgo de morir de Covid-19 por ser negro, asiático o de otra minoría étnica (aunque algunas cuestiones de irden genético parecen provocar respuestas concretas). Se corre más riesgo de morir de Covid-19 si, obligado a vivir en la pobreza, no puedes alimentarte en condiciones y el coronavirus te infecta cuando ya padeces hipertensión o diabetes.

(Las primeras informaciones aparecidas a este respecto, se acaban de confimar con la puntualización de que el riesgo mayor se encuentra, más que en que el resultado de la enfermedad sea fatal, en la posibilidad de infección. Ese mayor riesgo se explica por condiciones demográficas, geográficas y socioeconómicas.)

No se puede teletrabajar en el invernadero

Otra cuestión clave es el reparto desigual del trabajo del que depende nuestra organización social y económica. La igualdad de oportunidades no deja de ser una ligera capa de maquillaje que se desvanece a la primera de cambios. 

Es cierto, muchas de las profesionales que en el estado de alarma se declararon esenciales tuvieron que ver con la sanidad o los servicios sociales pero otras muchas tenían que ver con la limpieza, la reposición y atención en supermercados, cuidados de personas mayores en residencias… Estos últimos empleos los reservamos mayoritariamente para mujeres, inmigrantes…

“En cuanto a la distribución por ocupaciones, los trabajadores inmigrantes muestran una distribución ocupacional mucho más concentrada que los españoles, segregándose (sic) en ocupaciones manuales no cualificadas”. La frase anterior es del informe “Inmigración y mercado de trabajo” (Ministerio de Empleo y Seguridad Social) que, además, afirma que “los inmigrantes trabajaban mayoritariamente en ocupaciones elementales, y también como trabajadores de servicios”. 

Que el mercado laboral español esté segregado por nacionalidades no es algo natural o espontáneo, responde a la manera en la que nos organizamos, es decir, responde a las decisiones que toman las personas que las pueden tomar.

Javier Pérez Parra es un periodista murciano que se ha especializado en Covid-19. Sus informaciones llevan tiempo poniendo el dedo en la llaga. Hace unas semanas, contaba cómo se había producido un caso en un piso en el que vivían 14 personas. De ellas, 6 acabaron contagiadas. Igualmente, los contagios en el ámbito laboral (especialmente entre temporeros del campo y otros trabajadores agrícolas) es ya mayor que los contagios producidos por el ocio.

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El desprecio de hoy es el odio de mañana

No se trata solo de ofrecer información precisa hay que valorar cómo se dice. La cuestión no es superficial. No se trata en este caso del debate sobre la objetividad o sobre la necesidad de que el periodismo se posicione junto a un discurso favorable a los derechos humanos. Se trata de informar con respeto y, a ser posible, sin echar más gasolina al fuego.

La relación de enfermedad con cuestiones étnicas o de clase (la pobreza, al fin y al cabo, nos habla de clases) abre la puerta a discursos de odio. Discursos en los que, hay que insistir, se suelen mezclar odios: xenofobia y aporofobia en ese caso. 

El valor del silencio

El presidente de la Región de Murcia dijo recientemente, en una televisión estatal, que la segunda ola había llegado en un “avión infectado” desde Bolivia. Frases así en la región en la que los partidos xenófobos campan a sus anchas es una temeridad. Además de que es completamente falso pues las causas de esta segunda ola son muchas (véase sino los artículos de Pérez Parra enlazados algo más arriba). 

Por su parte, la presidenta de la Comunidad de Madrid dijo que «los contagios se están produciendo, entre otras cosas, por el modo de vida que tiene nuestra inmigración en Madrid«. Porque claro, vivir en un piso pequeño en vez de en un chalé o tener que desplazarte en tren al curro en vez de teletrabajar desde casa es una cuestión de gustos. Es la reformulación del son pobres porque quieren.

Nuestros responsables políticos deberían saber lo que nos enseñó el tío Ben: un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Si realmente fueran depositarios de esta responsabilidad, deberían hablar (y actuar) no solo en función de los datos y los hechos, también desde el respeto hacia la totalidad de la ciudadanía. Los discursos de odio se envalentonan a las primeras de cambio y declaraciones como las anteriores no son sino más munición.

Los mitos como forma de desinformación

La idea de que el virus nos afecta por igual puede acabar consolidándose. Se trataría en este caso de una versión, digamos clásica, de la desinformación: la de los mitos. Ciertos ideas que, con el paso de los años, se consolidan desde las suposiciones y la fantasía, cuando no desde la mentira. Suposiciones que nos acompañan allá donde vayamos, que damos por ciertas e indiscutibles y que acaban condicionando nuestra forma de pensar y actuar. 

Un ejemplo canónico podría ser la media naranja. No existe tal cosa pero buscamos el amor como si fuera una cuestión de atinar en la compra o en la recolección, como se prefiera.

La pobreza ya cuenta con algunos mitos relacionados precisamente con la salud. Por ejemplo, esta idea de que las niñas y niños pobres no se ponen malos nunca porque se pasan el día en la calle, porque están curtidos y etcétera. No es verdad. De hecho la pobreza acorta, y mucho la esperanza de vida. “Los ricos viven hasta 11 años más que los pobres en Barcelona y siete más en Madrid”. En las formas de pobreza extrema, como es el caso de las personas sin hogar, la esperanza de vida es hasta 20 años menor.

No diga pandemia, diga sindemia

El quid de la cuestión está en que en las sociedades humanas no hay cuestión alguna que se reduzca a lo natural, a un funcionamiento biológico libre de polvo y paja artificiales. Todo lo que nos sucede, desde las formas de amar hasta las de enfermar y morir, depende de nuestra cultura, de nuestro reparto del trabajo, de nuestros barrios ricos y pobres, de nuestra ordenación en castas, clases sociales o razas inventadas.

Deberíamos, entonces, incorporar un nuevo término al coronavocabulario y es el de sindemia. Sindemia es un juego de palabras que unifica pandemia y sinergia. Hace referencia a “una confluencia de enfermedades y factores sociales que agravan los efectos de cada patología en un escenario de emergencia sanitaria”.

El enfoque necesita de un gran angular que sume a la imagen resultante cuestiones médicas, sociales, económicas y etcétera. Estas miradas suelen ser agotadoras pero algunos esfuerzos merecen la pena.

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