Miguel Lacambra

maquiavelo

El pasado 14 de marzo, se creó una cuenta en Twitter con el nombre de Miguel Lacambra. Ayer, 12 días después, se descubrió que el perfil era falso.

En la bio se puede leer lo siguiente: “Periodista. Economía y política. Persigo los datos y los interpreto”. La última frase es cierta. A lo largo de estos días, en este perfil han ido apareciendo datos y han sido interpretados.

Es lo que pasa con los datos: se pueden interpretar. Esta misma semana, Cayetana Álvarez de Toledo aseguró:  “Es falso que se haya recortado. En la última década, el PP ha incrementado el gasto sanitario, sobre todo en Madrid, esos son los facts (sic)”. Aquellos que querían que la diputada del PP tuviera razón, acudieron a unos datos que parecían corroborar dicha afirmación.

Esos datos se pueden encontrar aquí. Si alguien alguna vez ha tenido que ahondar un poco en el estudio de algún presupuesto de alguna administración sabrá que se ordenan bajo enunciados deliberadamente confusos. ¿Qué significa realmente «Atención especializada, salud Mutuas Accidente Trabajo y E.P e I.S.M»? ¿Qué partidas concretas se engloban en «Cohesión y calidad del Sistema Nacional de Salud»?

Frente a la interpretación de los facts que hizo Álvarez de Toledo, aparecieron análisis detallados de la financiación de la sanidad de Madrid que evidenciaban que no basta con decir sanidad. Hay que adjetivarla: no es lo mismo sanidad privada que sanidad pública. Al menos, ahí creo que podríamos llegar a un consenso. Por poner un solo ejemplo de lo importantes que son los adjetivos, este artículo publicado a finales de 2019 en El País y titulado “El crecimiento de la inversión en sanidad privada de la Comunidad de Madrid triplica al de la pública”. 

Volviendo a Lacambra. Interpreta datos. Y esa interpretación nos lleva, cada vez más, a tener que posicionarnos ideológicamente, apasionadamente, a favor o en contra. Entonces, cuando se descubre que el nombre era un pseudónimo, un heterónimo o un fake los datos y el acierto o no en su interpretación desaparecen del debate.

No es importante cuánto hay de razón en las interpretaciones que puedan encontrarse en el perfil de Lacambra. Es importante ver cuánto nos insultamos y cuánto odio podemos exhibir. Pobres de aquellos que, por una u otra razón, nos toca trabajar usando Twitter.

Al mismo tiempo que este hecho sirve para, de golpe y porrazo, desacreditar el periodismo dedicado a contrastar datos (la principal acusación que reciben es ideológica: son cosa de la izquierda) podemos leer respecto al Twitter de Lacambra que “su foto está sacada de un banco de imágenes” tanto como que se trata de un perfil “con cara generada por inteligencia artificial”.

Qué decir de todas las acusaciones enunciadas como si de leyes de Newton se tratara de que Lacambra es un determinado periodista sin, de momento, prueba alguna.

La polémica alcanza otra dimensión por el hecho de que haya aparecido un artículo firmado con ese nombre en un periódico. La Marea, el medio en cuestión, añadió una explicación al pie del artículo en cuestión: Su autor ha elegido este heterónimo para preservar su identidad y vida privada… El autor ha acreditado su identidad a La Marea con documentación personal… Streisand se anda preguntando a estas horas cuántas personas habrán leído ya ese artículo gracias a la polémica.

No son tiempo para heterónimos. No son tiempos para polémicas que nos enfrentan en mitad de una crisis que solo se resolverá cuando entendamos que debemos salir de esta conjuntamente. Sin que nadie quede atrás. En ese contexto, Miguel Lacambra ha sido un error. Los datos que él maneja, las interpretaciones que hace, se pueden hacer a cara descubierta. Se puede defender el feminismo a pesar del COVID-19.

Reclamar rigor exige ofrecer rigor.


Postdata en forma de suposición

Repito: esto es una suposición. Lo que sigue por tanto, queda restringido al campo de las especulaciones. No es información. No es opinión (bueno, un poco sí).

No todos son tan tontos como nos pensamos. Y nos resulta muy fácil pensar que los otros son tontos, al menos más tontos que nosotros.

Basta un curso decente sobre gestión de redes sociales para saber que una de las primeras cosas que se deben tener preparadas es un plan de gestión de una crisis reputacional.

Uno de los puntos que suele incluir esos planes es aprovechar en beneficio propio la oportunidad. La crisis atrae atención, aprovecha pues todas esas miradas, gana clics, seguidores, engagement. Be water, my friend.

Basta con teclear una «m» y una «i» para que Google te autocomplete el nombre Miguel Lacambra. El primer tuit del hilo  fijado en dicho perfil tiene ya 1K respuestas (una cifra muchisísimo mayor que las del resto de tuits de la cuenta). Los seguidores son ya más de 18.5K cuando según un artículo publicado por El Español ayer mismo por la noche (26 de marzo, 21:10) los seguidores eran “más de 15.000”.

Y esto es importante porque va más allá de lo cuantitativo. Algunas herramientas de monitoreo de redes sociales, valoran las reacciones recibidas desde un punto de vista cualitativo: positivas, negativas o neutras. Este es el resultado que ofrece Mention para el caso del perfil de Twitter de Miguel Lacambra:

Parece que sí, que la crisis de reputación puede ser provechosa. Por lo que es hasta cierto punto legítimo preguntarse si el hecho de que el perfil fuera falso no ha sido una filtración desde dentro.

En todo caso, y merece la pena insistir en esto, incluso si la suposición anterior fuera acertada y Lacambra se hubiera descubierto a sí mismo, incluso si quien sea que esté detrás de este perfil ha acertado con la autofiltración (repito que esto es una suposición), incluso así, ha sido un error.

La desinformación ya tiene apóstoles de sobra.


Imagen destacada: Retrato de Nicolás Maquiavelo por Santi di Tito (detalle).

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