Los padres que no estamos a la altura

los padres que no estamos a la altura

Los padres que no estamos a la altura tenemos ahora, en plena pandemia de COVID-19 toda clase de oportunidades de hacer honor a nuestro título. Ayer, sin ir más lejos, tuve otro momento de gloria.

En el cine, donde todo empezó

Mi línea roja, el lugar al que nunca quise llegar como padre, lo tracé el día del estreno de «La amenaza fantasma«. En aquellos tiempos, no se compraban entradas por Internet, ni siquiera se compraban asientos numerados. Tocaba hacer cola para sacar las entradas primero y para conseguir buenos asientos después. Yo hice las dos, claro. Por entonces, no había hijos pero fui con mi ahijado.

Los padres somos bajos

Horas de sacrificio, y después de estar varias veces a punto de pasarme al lado oscuro porque hacer cola en Murcia es ver cosas peores de las que se ven ahora en las calles pandémicas, conseguimos unos asientos, digamos, razonables.

Un poco antes de que empezara la película, llegó un padre con sus dos hijos. Buscaban a diestro y siniestro en busca de tres asientos juntos. Los encontraron en primera fila. Yo no estaba muy lejos y pude ver la mirada que esos hijos le dedicaron a ese padre. La mirada.

Nunca, me dije, mis hijos me miraran así.

Paternidad irracional

Eso, como ya he escrito, fue antes de tener hijos. Ahora, que tengo dos, no me queda más remedio que aceptar que habrá miradas como esas si no peores.

En todo caso, pongo lo mejor de mí en esta labor tan poco razonable de ser buen padre.

Porque la paternidad bien entendida, que es como yo la ejerzo, faltaría más, es una paternidad irracional que se basa principalmente en agradar, cuidar, amar y proteger. Sin miramientos.

Esa idea mía de padre perfecto, esa mirada que no quiero recibir, me pone de vez en cuando en situaciones divertidas, tal vez algo ridículas. Voy a contar dos de ellas.

Los padres que no estamos a la altura vamos de festival

El verano pasado, me fui con el mayor a ver a los Strokes al BBK. Necesitaría varias publicaciones solo para empezar a explicar cuantísimo moló aquello. A pesar, incluso, de que nos tuvimos que tragar entero el concierto de Rosalía, tremenda wannabe, para poder pillar buen sitio para los Strokes.

Las anécdotas darán juego hasta el fin de los días. Nos las vimos y nos las deseamos para conseguir salir del parking del BEC! una vez aparcado el coche, no encontrábamos la tienda al volver a la zona de acampada, la sorpresa de los Idles… Pero a lo que voy, el concierto de los Strokes.

Buscamos y conseguimos estar en las primeras filas… de un concierto de los Strokes, un concierto en el que se tararean riffs hasta la afonía y se baila a lo brutísimo. Había advertido a mi tennager de que aquello sería así y había presumido de mi experiencia en esa clase de melés. Pero, claro, cuando la cosa empezó a botar, a mí lo que me salió como padre sobreultramegaprotector y guay hasta decir basta fue hacer, con mis propios medios, esto es: mi cuerpo serrano, un cordón sanitario alrededor de mi chiquillo para que nadie le empujara y le dejaran disfrutar del concierto en paz. Yo solo frente a miles de fans enloquecidos. Por supuesto que no lo conseguí pero os aseguro que en mi cabeza la posibilidad de conseguirlo era real.

Atención al segundo 55:

Los padres que no estamos a la altura vamos a… un sitio

Ayer, volví a hacer algo parecido. Esta vez con los trillones de SARS-CoV-2.

Las circunstancias hicieron que tuviera que ir con mi pretennager a un sitio. Y decidimos ir andando. Muy mala idea teniendo en cuenta que las aceras de Espinardo no están hechas para la distancia social.

Cada vez que nos cruzábamos con alguien y se nos hacía imposible distanciarnos, yo me interponía, de nuevo mi cuerpo como elemento de protección de mis hijos, entre mi chiquillo y los virus del demonio.

Por supuesto que, si nos hubiéramos cruzado en nuestro camino con algún coronovirus, no habría podido impedirle el acceso a las mucosas de mi criatura pero os aseguro que en mi cabeza la posibilidad de conseguirlo era real. Me interponía entre los virus y la carne de mi carne como el héroe que salta para recibir en primera persona la bala que va dirigida a otra persona.

Neo Matrix

La mirada de la que hablaba al comienzo es el deseo irracional de querer que mis hijos tengan siempre lo mejor. De darles todos sus caprichos y, por supuesto, de evitarles todos los problemas. Que nada les disguste, que nada les enferme, que nadie les haga llorar ni les parta el corazón. Que todos sus deseos se vean cumplidos.

Por supuesto que lo anterior es irrealizable pero os aseguro que en mi cabeza la posibilidad de evitar la mirada sigue siendo real.


Imagen1: Padres famosos.

Imagen2: Is ‘The Phantom Menace’ still a joke?

Imagen3: Neo.

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