Hundimiento del Maine: a la guerra por la desinformación

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El hundimiento del Maine es señalado como uno de los acontecimientos claves que desencadenó la guerra entre los Estados Unidos y España y, a la vista de lo que ahora sabemos, fue un ejercicio ejemplar de desinformación. La responsabilidad del gobierno español en el hundimiento del barco de guerra estadounidense resultó ser una fake news  destinada, como las fake news de manual, a vender más periódicos (lo que ahora serían clics) y a dirigir a la opinión pública hacia determinadas posiciones. Lo nuevo no lo es tanto.

USS Maine: el peor momento, el peor lugar

En 1898, el barco de la armada estadounidense USS Maine se hunde en el puerto de La Habana después de una explosión. Mueren 266 de sus 354 tripulantes. Desde 1895 se libraba la guerra por la independencia de Cuba y Estados Unidos llevaba tiempo amagando con la intervención.

Tripulación del USS Maine

Tras la explosión, los EEUU no dudaron en culpar al gobierno español. Dos días después del hundimiento, un periódico estadounidense, The New York World aseguró que los oficiales y marineros españoles brindaron tras la explosión (cuando lo que, en realidad, estuvieron haciendo todo la noche fue cumplir con la ley del mar y ayudar a salvar a los supervivientes y recuperar los cuerpos de las víctimas).

El lugar y el momento de la desgracia precipitaron los acontecimiento. El puerto de La Habana eran aguas bajo la jurisdicción de España. El Maine desapareció bajo el mar después de años de tensión entre Estados Unidos y España. Para Estados Unidos, Cuba se había convertido en un asunto casi de política interior. Cuba libre era una consigna más que popular en la opinión pública. 

Vasos y camellos

El hundimiento del Maine fue, en palabras de Champ Clark, que acabaría siendo presidente de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, la gota que colmó el vaso (“The straw that broke the camel´s back”). Theodore Roosevelt, entonces director del Departamento de la Armada, afirmó que cuando el Maine “voló por los aires en el puerto de La Habana, la guerra se hizo inevitable”.

La guerra, parece que esto Roosevelt también lo dijo en voz alta, debe ser cualquier cosa menos inevitable. Sin embargo, Estados Unidos parecía estar preparando el terreno a la intervención en Cuba durante años. (vincular esto después de II Irak). De hecho, y a la tercera va la vencida, apenas unas horas después de la explosión que hundió al Maine, Roosevelt no albergaba duda alguna: “El Maine se ha hundido por un acto de sucia traición de los españoles”.

El sesgo de confirmación o la lógica de los intereses

Algunos dijeron que la lógica de los acontecimientos condujo a la guerra sin más remedio. Otros señalan a la lógica del interés. La precipitación de Roosevelt a la hora de interpretar lo sucedido nos podría recordar al sesgo de confirmación que tanto tiene que ver con las dinámicas de desinformación. 

El sesgo de confirmación, según Wikipedia, es la tendencia a favorecer, buscar, interpretar, y recordar, la información que confirma las propias creencias o hipótesis, dando desproporcionadamente menos consideración a posibles alternativas. El gobierno de Estados Unidos, y parte de la prensa escrita, llevaban años apostando por el conflicto y el hundimiento del Maine era, efectivamente la gota que colmaba el vaso, la paja que rompía la espalda del camello o la guinda del pastel.

 Maine Desinformación

Eran muchos los intereses que apuntaban a la conveniencia de una guerra. Bienvenidos sean los hechos, o la interpretación de los mismos, que remen a nuestro favor.

El hundimiento del Maine y el clamor de venganza

Hay distintas interpretaciones sobre el origen de la Guerra Hispano-estadounidense y pasan del vaso al pastel. 

La primera de ellas afirma que William McKinley, el presidente de Estado Unidos en esos momentos, era un pacifista convencido que no quería ir a la guerra. Pacifista pero interesado en la reelección por lo que acabó declarando la guerra para ganarse el favor de la opinión pública, los consumidores de los programas políticos, los votantes.

Esta interpretación pasa por asumir tal cual la versión de los hechos que fue expuesta por algunos periódicos de la época y por una lectura sesgada del informe oficial sobre lo sucedido. 

La lógica propio de lo fake

Muchas fake news se basan en la sobredimensión de un detalle, en la traducción rebuscada de determinadas palabras, en la relación imposible entre dos hechos reales. En el caso del informe oficial mencionado, se eludía determinar la responsabilidad de lo sucedido pero hablaba de dos explosiones, una exterior al barco y que provocó una segunda ya en el interior. Esa primera explosión se interpretó como el efecto de una mina y, consecuentemente, como la prueba irrefutable de la autoría española.

El hundimiento del Maine, del que España era culpable, enardeció espontáneamente a la opinión pública y fue ella la que pidió a gritos la declaración de guerra para hacer justicia a la traición y miseria españolas. “Recordad al Maine, al infierno con España” (“Remember the Maine, to Hell with Spain”) sería, según esta versión, un lema. 

Según esta interpretación, la opinión pública manifestó su reacción libre ante unos hechos concretos y los gobernantes tuvieron que actuar para satisfacerla. La declaración de guerra como consecuencia democrática.

A la guerra por la desinformación y a los beneficios por las fake news

La segunda interpretación hace el camino contrario: se suministró información fabricada ad hoc a la opinión pública para que pasara lo que finalmente pasó.

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Para esta versión no se necesita llegar a los barrios donde habitan las conspiraciones ni recurrir a la mano impaciente del destino de la que habló G.J.A. O’Toole. Basta con evidenciar los intereses en juego. Los que existían alrededor de Cuba y de la conveniente guerra con España (la metrópolis de la isla) para alcanzar un nuevo status quo en el Caribe. Los intereses de los dueños de los periódicos en vender más ejemplares. 

Téngase en cuenta que, de la misma forma que las publicaciones polémicas son las que más engagement consiguen en redes (visualizaciones, likes, retuits…), las noticias que preceden a los desastres, y los desastres, venden más que la tranquilidad y el discurrir indolente de los días. Sobre esto, la psicología evolutiva nos dice que durante todos los siglos de la época premoderna, debimos acostumbrarnos a estar alerta a todo aquello que pudiera suponer un peligro. Por eso no podemos permanecer ajenos a la sangre, la desgracia y la catástrofe.

Coincidencia de intereses

Los intereses de los vendedores de periódicos coincidían con los de ciertos políticos expansionistas. Volveremos a alejar el paso de los residenciales de la conspiración, no afirmaremos que se reunieron en despacho alguno para maquinar titulares de prensa pero parece, más de cien años después, que unos y otros empujaron los hechos hasta precipitar la guerra.

Los políticos expansionistas deseaban entrar en guerra con España para aumentar el control estadounidense sobre Cuba (la anexión incluso se incluía en los planes). Entre esos políticos expansionistas está aquel que en este texto sirve para explicar el sesgo de confirmación: Roosvelt. El futuro presidente de los Estados Unidos había estado trabajando ardientemente para provocar la intervención en Cuba y que la versión publicada de los hechos sobre el desastre del Maine apuntara al enemigo español como culpable satisfacía los planes. Y cuando las noticias se adaptan a tus necesidades, no se cuestionan, no se contrastan. 

Guerra en el mar para ganar la guerra en los kioscos

La guerra que en 1898 enfrentó a Estados Unidos y España en Cuba tuvo varios nombres: Guerra Hispano-estadounidense, Guerra de Cuba, y Guerra  de los Periódicos. El primero se debe a los dos países que se enfrentaron, el segundo se debe al lugar en el que se enfrentaron (en plena Guerra de la Independencia de la isla) y el tercero a la decisiva influencia que dos periódicos estadounidense tuvieron en la declaración de guerra.

Esos dos periódicos fueron el New York World y el New York Journal. El primero fue el que llevó a su portada los falsos brindis por el hundimiento del barco de guerra estadounidense y pertenecí a Joseph Pulitzer. Putiltzer ahora es el nombre de uno de los premios periodísticos más prestigiosos del mundo pero a finales del siglo XIX era sinónimo de prensa sensacionalista.

El otro periódico, el New York Journal pertenecía a William Randolph Hearst. Hearts quería vender periódicos, más que Pulitzer, más que nadie y el sensacionalismo le servía. ¿Qué hay más sensacional que una guerra? El fin de vender periódicos justifica el medio de las fake news tanto como el de la guerra. Según el historiador Joseph E. Wisan la guerra entre España y Estados Unidos no se habría producido si la llegada de Hearst al periodismo de New York no hubiera desatado una amarga batalla por la circulación de los periódicos.

La idea de Wisan es apoyada por muchos otros que hablan de noticias manipuladas, difusión de informes infundados, prensa irresponsable, prácticas vergonzosas…

Fake images

Hearts, cuando el Maine se hundió, llevaba ya años alentando la guerra. Cuando su corresponsal en La Habana le envió un cable diciéndole que no habría guerra, el plutócrata le respondió: “Tú consigue las imágenes, yo conseguiré la guerra”.

Las imágenes falsas son el elemento estrella de las fake news, sean imágenes fabricadas, sacadas de contexto o en forma de meme. Las imágenes siempre han sido manipulables.. Correas y Kenneally cuentan que, entre las imágenes que Hearst usó para conseguir la guerra se incluyó una ilustración de una mujer desnuda ante la mirada lasciva de varios soldados. El texto que acompañaba la ilustración hablaba de soldados españoles que desnudaban a mujeres estadounidenses para registrarlas. 

Otras guerras, parecidas desinformaciones

El caso del hundimiento del Maine y cómo se pudo provocar una guerra nos sirve para abordar las fake news y los procesos de desinformación con la perspectiva histórica que toda realidad humana necesita. Nos equivocaremos en el análisis, y en las propuestas que pueden venir después, si pensamos que lo que pasa ahora es novedoso. No lo es. Hemos digitalizado la desinformación como casi todas las dimensiones de la vida pero las mentiras al servicio de intereses creados está entre nosotros desde hace siglos, milenios.

En su libro Post-truth, Lee McIntyre se pregunta si es posible que se provoquen nuevas guerras basadas en fake news tal y como pasó en la guerra entre España y Estados Unidos. De hecho, la II Guerra del Golfo pivotó alrededor de la mentira de las armas de destrucción masiva.

La Historia, dicen algunos, no se repite pero rima. Conocerla puede servir para que la rima que está por venir  sea un poco mejor que la anterior.


Imágenes

1: USS Maine.

2: Tripulación del USS Maine.

3: Edouard Joseph d’Alton’s Illustrations of Animal Skeletons.

4: William Randolph Hearst lanzando periódicos con titulares sensacionalistas.


5: Editorial ilustrada de Leon Barritt en la que aparecen Pulitzer y Hearst a lo suyo.

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