Filtro burbuja: el mejor portero para tu fiesta más aburrida

filtro burbuja

Seamos conscientes o no, nuestra vida en internet se desarrolla en la burbuja que el filtro del algoritmo diseña en exclusiva para nosotros. De la misma manera, nuestra conversación rebota una y otra vez en una cámara de eco en la que siempre suenan las mismas voces con las mismas opiniones.

El océano infinito de internet ha acabado convertido en poco menos que una charca. Pero, por una vez, la solución es fácil. La inmensidad está a la vuelta de la esquina.

El filtro burbuja y la información con calcetines blancos

Los contenidos disponibles en internet son tan inmensos que, aceptémoslo, se hace necesario que existan filtros en forma de reglas de qué es lo que se enseña primero, qué después e incluso qué no se enseña.

Cuando hacemos una consulta en un buscador, este aplica sus fórmulas para mostrarnos los resultados con un orden determinado. La consecuencia de imponer un orden en estos tiempos de la inmediatez es muy similar a censurar pues aquello que está en la página 2 del buscador de Google (o cualquier otro) prácticamente no existe. ¿Alguna vez habéis llegado a esa segunda página a ver qué resultados os encontráis? Pues eso.

Lo mismo sucede en las redes. Si quisiéramos ver todo el contenido de todos nuestros contactos necesitaríamos días de 60 horas y recurrir a toda clase de estimulantes para poder, al menos, pasar por encima de todas esas toneladas de contenido.

Es habitual encontrar que, de vez en cuando, alguien copia y pega en su muro un mensaje quejándose amargamente de que Facebook nos oculta contenido y sugiriendo algunos pasos mágicos para evitar que tal cosa pase. Pero tal cosa va a pasar sí o sí porque, repito, no podemos acceder de ninguna de las maneras a toda la información disponible. 

Alguien, por tanto, debe hacer el papel de portero, de dejar pasar alguna información y hacer que otra se quede esperando en la cola de la fiesta privada de nuestra atención. 

Burbujas y recetas de cocina

En la época anterior a las redes sociales, ese papel de gatekeeper lo cumplían los medios de comunicación (que informaban de lo que consideraban importante e ignoraban lo que no fuera merecedor de su atención) o los programadores de contenidos que elegían entre una película u otra, entre el grupo de éxito o el grupo emergente.

Ahora, ese papel corre a cargo de los algoritmos. Los algoritmos están más cerca de ser recetas de cocina que algún tipo de expresión similar a la inteligencia. Vienen a ser una serie de instrucciones ordenadas que, de forma muy simplificada, dicen que si le hemos dado like a un vídeo de McEnroe diciendo aquello de «You cannnot be serious» nos tiene que enseñar más vídeos vintage de tenistas que se enfadan con los jueces.

Los algoritmos aplican las fórmulas que sus programadores les han dicho que apliquen al tiempo que acumulan información sobre nuestro comportamiento en redes. Es precisamente este comportamiento el que usan para sus labores de portero: si un contenido ha estado antes en nuestra fiesta de likes y minutos de visualización, tiene todas las papeletas para volver a entrar.

Nota al margen. Considero un uso deshumanizador de la palabra “aprender” cuando decimos que un algoritmo aprende de nuestro comportamiento en redes. El algoritmo acumula información y la aplica a la receta que debe cumplir. Cuanta más información tenga, mejor hará el papel para el que ha sido diseñado. Pero eso dista mucho del verdadero significado del verbo aprender. Fin de la nota al margen.

Algoritmo y dealer, dos en uno

El objetivo principal de las plataformas es que la fiesta no pare. Esto es, que pasemos cuanto más tiempo mejor en nuestras redes. En sus redes si queremos ser precisos en el uso de los adjetivos posesivos. 

Más tiempo de permanencia es más tiempo de exposición a los anuncios publicitarios por lo que más tiempo de permanencia es más dinero para las plataformas. Además, en un circuito de retroalimentación que no tiene final, más tiempo de permanencia es más información sobre nuestro comportamiento con el que ofrecernos contenidos más ajustados a nuestros gustos para que así sea mayor nuestro tiempo de permanencia. Y etcétera.

Jaron Lanier, autor del libro “Ten Arguments for Deleting Your Social Media Accounts Right Now”, explica que las  plataformas están diseñadas a partir de técnicas para la modificación de la conducta y la generación de una adicción que nos haga seguir haciendo scroll hasta el infinito y más allá. 

Para que nuestra adicción sea un poco mayor cada día, el algoritmo nos seguirá mostrando aquellos contenidos que tengan el éxito asegurado, aquellos que nos hagan darle al play del vídeo, clic al enlace, like a la foto, RT al tuit, guardar la publicación de Instagram como favorita o comentar con indignación, cuanta más, mejor.

El funcionamiento permanente del algoritmo actúa como un filtro que nos lleva a vivir en una burbuja informativa de contenidos en la que se repite una y otra vez solo aquello que atiende a nuestros gustos, a nuestras creencias previas, a nuestra visión del mundo y del cómo deberían ser las cosas.

La idea de filtro burbuja fue desarrollada por Eli Pariser que la definió como “una selección personalizada de la información que recibe cada individuo que le introduce en una burbuja adaptada a él para que se encuentre cómodo, pero que está aislada de las de los demás”.

Lo nuevo bajo el sol

Podríamos pensar que no hay nada nuevo bajo el sol ni bajo el wifi. Al fin y al cabo, antes ya teníamos nuestros gustos, nuestras tendencias y nuestros sesgos. Lo habitual era que nos informáramos a través de una emisora de radio, no de varias, de un periódico o de una cadena de televisión. Podía incluso pasar que si consumíamos una radio, una tele y un periódico pertenecieran todos a un mismo grupo editorial. Pero sí lo hay. 

Primero, el algoritmo no deja de ser un elemento fantasmagórico en nuestro consumo diario de información y contenidos. Está detrás de cada publicación que vemos pero muchos desconocen por completo que existe. Es más, saber que exista no quiere decir mucho más. Su funcionamiento no deja de ser un misterio sobre el que apenas podemos especular.

Porque, y esto nos lleva al segundo elemento diferenciador, sabemos algunas claves de cómo funcionan los algoritmos, las aquí explicadas, pero no sabemos qué más hay en ese criterio de entrada, o exclusión, a nuestra fiesta. Nada impide que las plataformas carguen sus algoritmos con sus sesgos particulares y que les digan que, por ejemplo, nos deben enseñar más información de este partido político que de este otro.

Según un artículo publicado por The Markup (citado por Raúl Magallón en su libro “Desinformación y pandemia”), el algoritmo de Google controlaba cómo los correos de las campañas políticas de los candidatos demócratas en las primarias entraban en tu correo de Gmail. Supuestamente según los intereses demostrados por la persona titular del Gmail, Google derivaba algunos correos a la carpeta principal y otros a esas que nadie mira: las de promociones o los correos sociales incluso los podía mandar al spam.

El tercer elemento tiene que ver con el hecho de que el algoritmo y la burbuja de redundancia en la que nos sumerge tengan consecuencias en forma de comportamiento adictivo. Nos ofrecen lo que nos motiva para que nos vayamos a la cama mirando nuestras redes y nos levantemos haciendo lo mismo. Ser yonki nunca merece la pena.

Filtro burbuja y cámaras de eco: los preferidos de la desinformación

filtro burbuja y cámara de eco

Es precisamente en esa burbuja, la construida a nuestra imagen y semejanza, donde la desinformación puede extenderse como la pólvora. En ese pequeño mundo en el que nos ha metido el algoritmo, acabamos consumiendo, y creyendo, sin asomo alguno de espíritu crítico todo aquello que nos aparezca en nuestro feed.

Entran entonces en juego aquellos sesgos del conocimiento que formaron parte del diseño del algoritmo. Buscamos e interaccionamos más con aquellas informaciones que se ajustan a nuestras ideas y formas de entender el mundo. Si una noticia nos da la razón, nos la creeremos a pies juntillas y correremos a comentarla y a compartirla. El algoritmo tomará buena nota y nos seguirá enviando más de los mismo. Y cuantas más noticias recibamos en el mismo sentido, más nos convenceremos de que teníamos razón y más rígido y estrecho se hará nuestro pensamiento. Y etcétera otra vez.

En este punto, en la relación entre el algoritmo, el filtro burbuja y la desinformación cobra especial interés la cámara de eco. Si trasladamos todo lo dicho sobre información y contenidos a nuestros contactos en redes, nos encontramos con la llamada cámara de eco. Esto es, un conjunto de usuarios de redes que comparten nuestra forma de ver las cosas y con los que acabamos interactuando casi en exclusiva. 

Recibimos siempre el mismo tipo de contenido y lo compartimos siempre con las mismas personas, dándonos la razón todo el rato. Internet será muy grande pero nuestras redes sociales son muy pequeñas.

Una solución fácil

Más que una red mundial y horizontal que nos conecte a todos por igual, internet va camino de ser la suma de burbujas que no se tratan entre ellas y cámaras de eco que no dejan salir la conversación. Lo global se ha hecho muy pequeño. Pero la solución es bien sencilla.

Tanto como dejar de esperar a que el algoritmo nos haga de portero filtrando solo un determinado tipo de contenido y salir ahí fuera a buscar contenidos variados, un poco de todo.

El esfuerzo es asequible: hoy hago clic aquí y leo en un sentido. Mañana, clic allá y leo en otro. No hace falta mucho más. Se trata de tener nuestras propias reglas para filtrar y buscar información porque nunca se sabe cuando nos va a apetecer que entre a nuestra fiesta tal o cual persona por muy blancos que lleve los calcetines.

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