Efecto Dunning-Kruger: el cuñado que llevamos dentro

Efecto Dunning-Kruger

El efecto Dunnig-Hruger es la nueva entrada del glosario de Planeta Mun pero antes fue mi columna sonora del día 11 de noviembre en el programa «Contraportada» de Onda Regional. Puede escucharse aquí.


La columna de esta semana no está hecha para criticar a los cuñados como si los cuñados fueran siempre los otros. La intención es más bien criticar a los cuñados teniendo en cuenta que todas llevamos uno dentro. Y sí, he dicho cuñado en masculino y todas en femenino genérico plural.

La forma de pensar humana incluye una cuestión que se conoce como sesgo del conocimiento. En pocas palabras la cosa consiste en que nuestra forma de pensar no es tan estupenda como nos gustaría e incluye de fábrica una serie de, digamos, desvíos o alteraciones que nos alejan de ser vulcanianos. Cruz: no somos Spock. Cara: estos sesgos forman parte del proceso evolutivo que nos ha permitido vivir en sociedad. Aunque ahora parezcan volverse en nuestra contra y complicar las relaciones, ya sean online o en las cenas en familia, cuando sea que esto pueda volver a producirse.

Entre los muchos efectos que conforman el sesgo de conocimiento está el efecto Dunning-Kruger. Ese es el nombre oficial. El oficioso vendría a ser algo así como demasiado estúpido para darse cuenta de que es estúpido.

El efecto se llama Dunning-Kruger porque fueron precisamente Dunning y Kruger quienes lo describieron después de un experimento en el que pusieron en evidencia que todo el mundo, al autovalorarse, se cree por encima de la media. Humanamente puede ser pero estadísticamente hablando, no todo el mundo puede estar por encima de la media. 

Aunque a veces pueda parecer lo contrario, nos tenemos en tan alta estima que nos cuesta reconocer nuestros fallos y nuestras debilidades. Nos autoengañamos constantemente para hacernos creer que molamos más de lo que molamos. Tendemos a sobrevalorarnos y a tener en muy alta estima nuestra habilidades ya sea para contar chistes, hacer columnas para la radio, jugar al Fortnite, cocinar los domingos o arreglar una pandemia con dos o tres afirmaciones contundentes en voz alta.

Uno de los resultados del experimento de Dunning-Kruger fue que los que peor resultados obtenían en el test de referencia, mejor pronosticaban que lo habían hecho. Si volviéramos a recurrir al lenguaje no oficioso podríamos decir que cuanto más tonto eres, menos cuenta te das.

La explicación es hasta cierto punto sencilla. Son las mismas competencias que te hacen habilidosa en algo las que te permiten evaluar con precisión cuán competente eres en esa materia. Esto es: necesitas ser un buen epidemiólogo para darte cuenta de las barbaridades epidemiológicas que andas soltando en Twitter desde que la pesadilla de la Covid-19 empezó.

Téngase en cuenta, por volver a la puntualización del principio, que no todas podemos ser expertas en todo por lo que cada cual tendremos nuestro propio grado de cuñadismo. La otra opción es guardar silencio y dejar que solo los expertos hablen. Y esto suena, como poco, aburrido. 

No es, por tanto, al menos desde mi punto de vista, que sea mejor mantener la boca cerrada y parecer un idiota que abrirla y demostrar que lo eres. Se trata más bien de aceptar que no sabemos mucho de casi nada y permitirnos hablar con la relatividad que el momento y el tema requieran. Hablar sin sentar cátedra ni trazar líneas rojas. Hablar para dejar que la conversación sea precisamente conversación: palabras que se entremezclan y que acaban siendo más que la mera suma de las partes.

Por cierto, mi as en la manga para no ser muy cuñado en esta columna ha sido basarme en uno de los capítulos del libro Posverdad de Lee McIntyre, profesor de Historia y Filosofía. 

Efecto Dunning-Kruger en Silicon valley (posdata a modo de bonus track)

efecto Dunning-Kruger y las bicis del cuñado

Como decía, no podemos saber mucho de casi nada. El peligro de cuñadear acecha a todo el mundo por igual. Nadie está a salvo.

Uno de los documentales que más conversación ha generado en las últimas semanas ha sido “El dilema de las redes sociales”. Se trata de un docudrama en el que, a través de una serie de entrevistas y de un relato hasta cierto punto ficticio, se abordan algunas de las cuestiones más preocupantes de las redes sociales. Cuestiones que incluyen, cómo no, la desinformación.

Las personas entrevistadas, en su mayoría hombres blancos y ricos, son antiguos “alumnos” de Silicon Valley que ahora se muestran preocupados de a dónde nos conducen sus creaciones: el botón de like, el scroll infinito, los malditos algoritmos… Destaca, de entre todos, Tristan Harris, en tiempos diseñador “ético” de Google y cofundador del Centro para la Tecnología Humana.

En un momento señalado del docudrama, Harris dice: “Nadie se enfadó cuando aparecieron las bicicletas. Cuando la gente empezó a ir por ahí en bici, nadie dijo: Oh, Dios mío, esto va a arruinar nuestra sociedad, van a arruinar el tejido de nuestra democracia”.

El momento es destacado, según la reseña aparecido en la web librarianshipwreck, porque lo que Harris dice es falso. Una lumbrera de Silicon Valley, empeñado ahora en salvarnos de los estragos de la tecnología que él y otros como él han desarrollado, haciendo de cuñado en un documental ya editado y publicado.

Según la reseña de Librarianshipwreck, la gente sí estuvo preocupada por los efectos que la bicicleta pudiera tener para nuestra sociedad. Es más, “cualquier lectura, por superficial que sea, de la historia de la tecnología pone de manifiesto que todos los avances tecnológicos provocan emoción, sí, pero también temor”.

Harris se pasó de listo. El cuñado que todas llevamos dentro tomó la palabra y habló sin saber. Esto tiene otra derivada desde el punto de vista de la desinformación y es la necesidad de que los contenidos sean editados y de que la información sea verificada. Pero lo dejaremos para otro momento.

La reseña de referencia afirma al respecto de las declaraciones de la bicicleta: “Si Harris y sus amigos hubieran sabido un poco más de historia de la tecnología, y quizás si hubieran sido un poco más humildes sobre lo que no sabían, quizás no nos hubieran llevado a todos al desastre actual”.

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