Desertor a posteriori

El lunes 9 de marzo, nos convocaron a una reunión en el instituto de los críos para anunciarnos que se suspendía el viaje de estudios del mayor. Se iban a ir a Galicia y él iba a aprovechar para fardar con su bomber de los Strokes.

A la reunión fui cabreado como un mono.

Por aquel entonces, hace poco más de un mes pero es como si me estuviera refiriendo a otra época, yo estaba a tope con el argumento «muere más gente de gripe».

No me conformo con argumentos sencillos. Me gusta lo recargado, rollo barroco o wall of sound. Así que la cosa era de esta manera: vivimos asumiendo riesgos, cuando montamos en un coche aceptamos que puede haber un accidente, no podemos dejarnos llevar por el pánico, si el modelo informativo que se aplica al coronavirus se aplicara a cualquier otro tema estaríamos desquiciados, el conocimiento también el científico se basa en el consenso, la responsabilidad de los medios blablabla… Puedo ser enfático de vez en cuando y cansino de forma habitual.

Honestamente: no compartía la decisión del equipo directivo del centro de suspender el viaje de estudios.

Iba a tomar la palabra para avergonzar al director del centro por esto y lo otro. Pero mis hijos prefieren que mantenga un perfil bajo. La sensatez de mis criaturas me ahorró un ridículo espantoso.

Tres días después, el jueves 12 de marzo, me llamaron de la dentistas del pequeño para ver si confirmábamos la cita que tenía por la tarde.

Por supuesto, dije muy seguro de mí mismo.

Según colgué, me noté algo raro, como un brote súbito de sensatez, prudencia o vaya usted a saber qué.

De hecho, y ya que estamos poniendo las cartas sobre la mesa, la tarde antes ya había ido al Mercadona a hacer un poco de acopio. Es verdad que los miércoles por la tarde es era cuando voy iba a comprar. También es verdad que compré cosas de más (ya no quedaba papel higiénico). Y lo es, cómo no, que en su momento no reconocí ir por tener miedo ni nada por el estilo. Fui, no porque yo hubiera perdido la calma sino porque los otros no eran de fiar e iban a ir a comprar a lo loco. Así que era sensato adelantarse al pánico general.

En fin. Volvamos a la sucesión de los hechos. Íbamos por lo de la dentista.

Llamé a Mercedes y le dije lo de la dentista. No concluimos nada pero el argumento «muere más gente de gripe» estaba a punto de pasar a la historia. Un azucarillo disuelto sin pena, gloria ni dulzor alguno. Las estanterías vacías del supermercado, lo intuyo ahora, fueron determinantes en mi cambio de postura. Un rato después de la llamada, supimos que el gobierno regional suspendía las clases y mi wall of sound hizo fading out súbito, valga el oxímoron.

Mi responsabilidad no es la de un consejero de Sanidad o la de un presidente del Gobierno. No sé ni siquiera si la comparación merece la pena de la misma manera que tampoco quiero saber, ni imaginar siquiera, qué habría pasado si de mí hubiera dependido el viaje de estudios. Vaya, de paso, mi reconocimiento (tardío) al equipo directivo del instituto de los críos.

Por suerte, hay una cosa que hago mejor que equivocarme y es desertar de mis errores. De hecho, tendríais que vernos limpiando las cosas de la compra. Le pasamos un paño limpio mojado en una solución de dos cucharadas de lejía por litro de agua hasta al fuet.

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