En el ascensor de Mercadona

En el ascensor de Mercadona

Escena 1

Hay una historia que cada vez que la cuento la adorno con el siguiente preámbulo: Esto es la primera vez que lo cuento, no sé por qué, creo que porque lo siento como algo muy íntimo y, la verdad, me gustaría que se quedara entre tú y yo.

Así que sabed que esto es la primera vez que lo cuento, no sé por qué, creo que porque lo siento como algo muy íntimo y, la verdad, me gustaría que se quedara entre tú y yo.

Mis hijos nunca fueron a una guardería o escuela infantil. De los cero a los tres años, pasaron, los dos, todas las mañanas conmigo. Así, encadené seis años consecutivos de no ir nunca solo a ningún sitio, incluido Mercadona.

Tenía mi propia rutina de chistes y chuminadas con los críos. Por ejemplo, las puertas del ascensor no se cerraban por motivo de ningún mecanismo. Éramos nosotros, a veces con nuestros sortilegios y pases mágicos, a veces con pura y simple telequinesis.

Tres años seguidos con J. y luego otros 3 con D. fingiendo que eran ellos los que elegían los productos que iban al carro.

Y así llegó el día en el que, después de que D. se quedara en el cole, fui, por fin, solo al Mercadona.

Todo transcurrió sin problemas hasta que, con el carro hasta los topes y la cuenta bien pagada, llamé al ascensor (aquí solía ir otro de nuestros chistes padre-hijos: ¡Ascensoooor!).

Apreté los lacrimales todo lo que pude hasta que estuve dentro del ascensor, solo. Entonces, me puse a llorar como una magdalena.

Escena 2

En el ascensor de Mercadona

Voy a guardarme para mí los juicios de valor que me merecen las personas que no respetan el confinamiento. Tampoco diré nada sobre el hecho de que se pueda sacar a un perro a pasear y los niños con TEA deban salir con una cinta azul a la calle para que no les insulten. De la misma manera, y por respeto a las personas que trabajan en los supermercados, no me regodearé en la sensación abrumadora que me posee cada vez que tengo que ir a comprar. Bueno, un poco de esto último sí va a haber.

Dentro de casa, la pandemia se hace llevadera. Es imposible escaparse a la realidad que estamos viviendo pero nuestra casa es ahora nuestro castillo. Tenemos planes incluso para instalar un pediluvio. Aquí estamos a salvo. En el exterior, todo es distinto, más evidente, más silencioso y extraño.

Por suerte, he tenido que salir poquísimas veces desde que se decretó el Estado de Alarma. No me ha resultado fácil ninguna de ellas. La última vez que fui a comprar, tuvieron que pasar casi quince minutos de vagar por los pasillos del Mercadona para que fuera capaz de sacar la lista de la compra.

No puedo decir que me sienta paralizado por el miedo. Es más una sensación de pasmo. De zumbido en la cabeza y debilidad de piernas.

Sea como fuere, acabé la compra.

Al pagar, le di las gracias a la trabajadora que estaba en la caja y le hablé explícitamente de mi admiración. Son muchos años ya y el personal de la tienda y yo nos conocemos de sobra.

Con el carro hasta los topes, incluyendo cosas que no había comprado nunca en la vida, y la cuenta bien pagada, llamé al ascensor. Me metí dentro, maniobré con el carro como siempre hago para dejar sitio por si alguien más quería usar el ascensor y entonces sí, entonces sentí miedo.


Imágenes: Metro de Nueva York, 1872.

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