Alt + F4

Una persona a la que cuanto más conozco más respeto y aprecio pero que no voy a decir quién es porque si me pongo aquí a hablar de Rosa Cano que es mi jefa suprema va a parecer que le estoy haciendo la pelota me dijo ya hace tiempo que una de las cosas que caracteriza la época que nos ha tocado vivir es que, tal vez por primera vez en la Historia, espero que se haya escuchado la H mayúscula, el conocimiento, cierto conocimiento, no todo claro, ya no iba de las generaciones de más edad a las de menos sino al revés.

Esto es, cuando una persona adulta tiene alguna complicación con su teléfono o con el ordenador, suele pedir la ayuda de alguna chica o alguna niña. Las no tan nuevas y ubicuas tecnologías de la información y la comunicación, las TIC,  son un terreno donde la juventud se mueve a su antojo.

El conocimiento es poder. Así, este cambio en el flujo del conocimiento, jóvenes que le solucionan la papeleta a personas adultas, implica también un cambio en el poder. Para mí, que pienso que no hay cracia buena, este cambio en el poder me parece, para empezar, algo bueno. Muerte a la adultocracia. 

Esta actual circulación de conocimiento y poder genera tensiones y nuevos conflictos generacionales. Los adultos queremos recuperar el terreno perdido y nos inventamos lo que sea para conseguirlo. Así, decimos todo el tiempo que debemos enseñar a nuestras criaturas a hacer un buen uso de las redes sociales. La intención es buena pero para ello habrá que saber usarlas primero y alcanzar algunos consensos básicos sobre qué es el buen uso de las redes.

Un contexto en el que el conflicto adquiere matices especialmente complejos es en el educativo. Vaya por delante que mi apoyo al profesorado es importante. No diré que cierro filas con ellas y ellos, ni hace falta tal cosa, pero sí creo que tienen motivos de sobra para el enfado y para pedir más medios, más respeto. La semipresencialidad por ejemplo, es una vergüenza de la que se hablará en los libros de texto. También hay cosas que no me gustan, claro, pero en este momento de pandemia prefiero centrarme en el apoyo.

Sea como sea, el profesorado debe, porque es el signo de los tiempos, porque no hay más remedio y porque el alumnado lo necesita, ponerse las pilas con las nuevas tecnologías. Google Classroom puede ser una basura en comparación con un buen alboroto en mitad del aula pero ya no se puede ser docente y no manejar las tecnologías de la información y la comunicación (entre otras cosas para que no lo sean de la desinformación y la incomunicación, a veces la labor educativa es una cuestión de prefijos).

Mientras tanto, la muchachada aprovecha la ventaja histórica que disfrutan para cometer pequeñas, y entrañables, fechorías. El otro día, una profesora no daba con la tecla para subir el volumen del ordenador. Tienes que darle a Alt y F4, profe le dijo el pequeño saboteador. Y claro, cada vez que la profe le daba a Alt y F4, el programa se cerraba. 

No creo que la cuestión sea recuperar el poder frente a la muchachada, se trata de mostrarles que respetamos y cuidamos las formas en las que ahora tienen que aprender y estudiar. 

* * *

Voy a contar una anécdota muy cortica a modo de posdata. Cuando mi chiquillo mayor era pequeño, no sé, tres o cuatro años, le llamó la atención la portada de un libro que me estaba leyendo y quiso saber de qué iba. El libro iba sobre organizaciones anarquistas rusas. Al rato de contarle cosas me miró con cara de entender y me dijo: Eso quiere decir que  tú no mandas sobre mí ¿no? Y en esas seguimos desde entonces.


Este texto fue mi columna de opinión para el programa de Onda Regional, «Contraportada» (02 de noviembre de 2020). Puedes escucharla clicando en la imagen de abajo.

federico montalban en onda regional

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