8M en octubre

Aprovechando que ya estamos en octubre, voy a hablar un poco del 8M. En concreto del 8M de 2018 y de cómo me enfadé mucho y mi tío tenía razón al decir que cuando te enfadas tienes dos trabajos: enfadarte y desenfadarte.

El 8M de aquel año no fue un 8M más. Ya quisiera yo afirmar que marcó un punto de inflexión, un antes y después, pero, honestamente no lo tengo claro. En todo caso, creo que sí llevó al movimiento feminista un paso adelante, un paso considerable.

Ese día se convocó una huelga feminista. Si las mujeres paran, se para el mundo, fue uno de los lemas. Una huelga feminista es una huelga laboral y es una huelga de cuidados. La convocatoria incluía un llamamiento a los hombres para que nos mantuviéramos al margen. Quedaos en la oficina y si llaman preguntando por vuestras compañeras, o jefas, decid que están por las calles manifestándose. Quedaos en casa y cambiar pañales, fregar platos, haced de comer. 

Nunca he tenido necesidad de resolver el dilema de si es mejor ser cola de león o cabeza de ratón. De hecho, me parecería bien ser incluso  cola de ratón si es el ratón el que se lanza a la pelea justa y necesaria. Pero, es que, ese año, la huelga feminista convertía al feminismo en una leona dispuesta a enfrentarse a los carroñeros del patriarcado. Y yo quería estar, si era en la cola, en la cola pero estar.

Llevo toda mi vida intentando acabar con el machista que habita en mi interior. Las tareas del hogar no tienen misterios para mí y he perdido la cuenta de las mujeres que han sido mis jefas. Por eso miraba con cara de no entender a las compañeras que me decían que yo no podía participar en esa huelga. Pero si soy un aliado, pensaba, por qué no quieren contar conmigo.

Cuando ya no sabía qué hacer, recurrí a George Sorel. Sorel estableció el que sigue siendo uno de los pocos mitos que no han sido derribados: el de la huelga general. General, les decía a las compañeras. Convocadla vosotras, tomad las decisiones pero no nos dejéis al margen a quienes queramos estar ahí. Recordaba también al movimiento autónomo de finales de los sesenta y comienzos de los 70 (del siglo pasado) y cómo se convocaban huelgas de solidaridad de una fábrica a otra. Pero nada, la consigan seguía siendo que me quedara en casa haciendo de comer.

Y así estaba, cabreado como un mono (como un mono cabreado) hasta que hablé con mi hermana pequeña. En un momento de la conversación me contó cómo, cuando volvía a casa de noche, se ponía una llave entre los dedos, como una especie de puño americano casero, por si alguien, algún hombre, le atacaba.

Me di cuenta que aquello que me contaba mi hermana era algo completamente extraño para mí. Completamente. Desconozco ese miedo. El miedo que tienes que sentir por ser mujer en un sistema patriarcal y, perdón por la redundancia, violento.

Entonces entendí que, sí, que claro, que el machismo es un mal universal que los hombres también padecemos y etcétera pero que esa batalla era una batalla que tenían que dar las mujeres. La solidaridad a veces también supone quedarte a un lado y dejar que las cadenas las rompan primero quienes más las sufren.


Este texto fue mi columna de opinión para el programa de Onda Regional, «Contraportada» (08 de octubre de 2020). Puedes escucharla clicando en la imagen de abajo.

federico montalban en onda regional

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